Sueño para el invierno: Capítulo 1 “Julián”
Despierto. Dos llamadas perdidas en el celular. La primera es de Julián; la segunda de un teléfono desconocido. Llamo primero al desconocido, nadie contesta. Llamo a Julián: necesita hablar conmigo. Quedamos de juntarnos a las 3 de la tarde. Son las 11. Decido levantarme e ir a la universidad (hace una semana que no voy). [...]
Despierto. Dos llamadas perdidas en el celular. La primera es de Julián; la segunda de un teléfono desconocido. Llamo primero al desconocido, nadie contesta. Llamo a Julián: necesita hablar conmigo. Quedamos de juntarnos a las 3 de la tarde. Son las 11. Decido levantarme e ir a la universidad (hace una semana que no voy). Compro cigarros y pañuelos desechables. Al llegar a la universidad me percato de dos cosas: a) Seguimos en paro indefinido; b) Olvidé los pañuelos en el negocio. Asisto a una asamblea y voto porque se deponga el paro. Luego alguien cuenta su historia, llena de pesares y esfuerzos. Me conmueve y pregunto si puedo cambiar mi voto, pero ya es tarde. De todos modos ganan los que quieren que el paro siga. Al salir de la asamblea, vuelvo a marcar el número desconocido. Una mujer responde: “Hospital de Concepción”. Cuelgo. Paso tres horas en la biblioteca. Leo a Kafka y subrayo la frase: en vano te has arreglado para este mundo.
A las 3 me reúno con Julián. Lleva gafas y camina cabizbajo. Vamos por unas cervezas, pero él apenas prueba la suya. La Almendras está embarazada, me dice. La Almendras es su ex novia. Yo pensaba que ya no se veían. Julián está destrozado. No puede tener un hijo, asegura. Me levanto y pongo una canción. Pasamos las siguientes dos horas, casi sin hablar. De pronto suena mi celular: el número desconocido. Contesto. Hospital de Concepción, dice una voz, ¿Con Gregorio…? Con él, respondo. Luego la voz (una voz femenina) comienza a hablar, dicta un nombre, una fecha y cuelga. Adiós, que tenga buen día. Adiós, digo. Miro a Julián, quien, a su vez, mira fijamente la ventana. Afuera comienza a nublarse. Es probable que llueva, afirmo. Silencio. Al cabo de unos minutos nos marchamos. Le pido que me deje pagar las cervezas. No se opone. Llegamos a San Martín con Paicaví y nos despedimos. El me abraza y creo que se pone a llorar, pero yo no lo miro a los ojos, sino que me doy vuelta. El hospital queda a tres cuadras, me digo. No me queda más que caminar.
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· Ilustración: “El cuerpo dice” lluís ràfols
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl









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