Sueño para el invierno: Capítulo 3 “Almendras”
A eso de las siete de la tarde bajo a comprar algo de comer y me encuentro con la Almendras. Sé que está embarazada, y sé también que ella cree que yo no estoy enterado. Ella me dice que necesita hacer tiempo porque a las 8 debe reunirse con Julián. Me ofrezco a acompañarla. Según [...]
A eso de las siete de la tarde bajo a comprar algo de comer y me encuentro con la Almendras. Sé que está embarazada, y sé también que ella cree que yo no estoy enterado. Ella me dice que necesita hacer tiempo porque a las 8 debe reunirse con Julián. Me ofrezco a acompañarla. Según Julián, la Almendras ya tienes dos meses de embarazo. Mientras caminamos, miro de reojo su barriga, pero sigue igual que siempre. Ella me pregunta si he estado últimamente con Julián. Miento y le digo que no. En un kiosco, la Almendras compra un turrón, y lo come lentamente hasta que en San Martín nos encontramos con un perro negro, muy delgado que nos queda mirando. Yo me río. La Almendras le da lo que le queda de turrón. Error porque el perro comienza a seguirnos. Nos sentamos en la plaza Perú y el perro nos acompaña. La Almendras lo acaricia y yo le digo que puede pegarse alguna infección. No seas tonto, responde. Comienza a anochecer y yo le digo que estoy aburrido de no tener clases. Ella me dice que podría aprovechar el tiempo libre. ¿En qué por ejemplo?, pregunto. Podrías viajar, me dice. Recuerdo que una de las razones que me dio Julián para no tener un hijo ahora fue que no iba a poder viajar. Imagino al hijo de Julián en veinte años más. ¿Qué me diría si le
cuento que su padre no lo quería porque entorpecería sus viajes? A mí la verdad no me gusta viajar, Almendras, prefiero quedarme en casa y mirar por la ventana, digo. ¿Y qué hay de entretenido en mirar por la ventana?, pregunta. Bueno, hay casas y autos y gente caminando y luces y viento, y a veces se ven las estrellas, y a veces llueve y la gente se queda en su casa o corre para no mojarse, y veces incluso sale el sol, y brilla tanto que no puedo mirarlo mucho tiempo, entonces salgo a caminar, respondo. Ella me queda mirando. Estúpido, dice y se larga a reír. A las 19:45 nos ponemos de pie. El perro continúa con nosotros. Tenemos que poner atención para que no lo atropellen. Debemos ponerle un nombre, dice la Almendras. Deberíamos abandonarlo y ponernos a correr, le digo. En Aníbal Pinto nos encontramos con Julián. La Almendras no lo saluda, sino que se despide de mí y se ubica a su lado. Yo saludo a Julián, intercambio algunas palabras, y me despido. Ellos caminan, y la Almendras le silba al perro para que los siga. Curiosamente, el perro, después de meditar (si es que eso es posible), se queda conmigo y me sigue. Busco un teléfono público y llamo a Milena. Continúa en el hospital así que primero hablo con una enfermera. Milena parece alegrarse de mi llamada. Le cuento lo del perro y ella me dice que debiera ponerle un nombre. No empieces, digo. Julián, dice ella, ponle Julián. La llamada se corta. ¡Julián!, grito al perro. Me sigue una cuadra más. ¡Julián!, grito al cruzar la calle. Pero el perro me mira, mueve la cola y arranca. Sin saber qué hacer, lo miro alejarse. Perro de mierda, murmuro y me vuelvo a casa.
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· Ilustración: “Viatjera” lluís ràfols·
Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl









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