Sueño para el invierno: Capítulo 4 “Es sólo una broma”
Después de una semana, los doctores deciden dar de alta a Milena. Su madre tuvo que declarar ante notario que velaría por su bienestar, evitaría que se hiciera daño, etcétera. De todos modos, ya han pasado antes por esto. La vamos a buscar su madre y yo. Milena está más delgada. Apenas puede abrir los [...]
Después de una semana, los doctores deciden dar de alta a Milena. Su madre tuvo que declarar ante notario que velaría por su bienestar, evitaría que se hiciera daño, etcétera. De todos modos, ya han pasado antes por esto. La vamos a buscar su madre y yo. Milena está más delgada. Apenas puede abrir los ojos debido a los medicamentos. Su madre decide invitarnos a almorzar a modo de celebración. Tomamos un taxi y vamos a un pequeño restorán camino a Talcahuano. Milena apenas abre la boca, mientras su madre intenta hacerla sentir cómoda. Yo me dedico a comer. En un momento Milena va al baño y su madre me pregunta cómo la veo. Es pronto aún, le digo. ¿Sabías que el 80 por ciento de quienes cometen suicidio lo intentaron antes al menos una vez?, asegura. ¿Y qué hay para quienes lo han intentado siete veces?, digo. No estoy bromeando, responde. Yo tampoco, afirmo, debe ser un record. Ella me mira en silencio hasta que Milena vuelve.
Dos días después Milena se queda a dormir en mi departamento. Soy su único amigo, y su madre no le permite ir a otro lugar. De hecho la va a dejar hasta mi puerta, y le hace prometer que la llamará cada dos horas. Cuando se marcha, Milena se deja caer sobre el sofá y me pide un cigarrillo. Va a acabar volviéndome loca, dice. Yo cocino algo y después buscamos una película en la TV. A la media hora suena el timbre. Antes de abrir escucho una voz femenina cantar con entusiasmo. Abro. Ante mí una hermosa niña, de nueve o diez años. Lleva un vestido rojo y unos zapatitos muy blancos. ¡Hola!, dice con alegría. ¿Y quién eres tú?. Soy Ángela, acabo de cambiarme junto a mi madre al departamento de al lado. Ah, digo. No deja de sonreír. Alarga hacía mí su brazo. Muy serio, me inclino y beso su mano. Ella ríe sin parar. ¿En qué puedo ayudarte, Ángela?. Mi mamá me envía por si tiene un poco de café, es que acabamos de llegar. Sin decir nada, voy a la cocina y regreso con un tarro de café. Toma, digo. Muchas gracias, dice. Luego, da media vuelta y vuelve a cantar. Milena, recostada sobre el sofá, está a punto de dormirse. ¿Quién era?, pregunta. Una vecina, digo. ¿Sabes?, prefiero no seguir viendo la película, los medicamentos me provocan sueño. Si quieres ve a dormir, digo. La conduzco a mi dormitorio. Ella se quita el polerón. Puedo ver que lleva algo al cuello. Me lo dieron en el hospital, es una identificación, afirma. Me enseña una pequeña placa de metal con sus datos. ¿Qué es esto?, pregunto. Por si me ocurre algo, responde. ¿Qué te podría ocurrir?. Bueno, podría intentar suicidarme, responde. Milena, a veces creo que nos estás jugando una broma, digo con seriedad. ¿Sí?, pues a veces yo creo que son ustedes los que me están jugando una broma, una muy mala broma, y me desespera que no se acabe nunca, replica. Me mira fijamente. Mejor vete a dormir, sentencio. Antes dime algo ¿tu vecina, la que vino recién, estaba cantando?, pregunta. ¿Mi vecina?, no para nada, respondo. ¿Estás seguro?, insiste. Segurísimo, replico, los remedios te hacen escuchar cosas. Vete a la mierda, me dice. Está bien, digo. Apago la luz, cierro la puerta y vuelvo a ver la película. En la pantalla una pareja comienza a besarse. ¿Me amarás toda la vida?, pregunta la mujer. Toda la vida y toda la muerte, responde el hombre.
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· Ilustración: “Imatges negres del consum” lluís ràfols
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl









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