Sueño para el invierno: Capítulo 10 “Fíjate bien”

Podríamos desaparecer y todo seguiría igual (…)


Por: Gregorio Laocoonte
8 Agosto 2008 un Comentario Comparta: Linkae | Guardar

Podríamos desaparecer y todo seguiría igual. Nos marchamos del local cerca de las cuatro de la madrugada y tomamos un taxi que por dos mil pesos nos deja a una cuadra de mi departamento. Quienes quedamos son Almendras, dos de sus amigas y yo.  Caminamos hasta Maipú y conseguimos que nos vendan un par de botellas de vino, y luego enfilamos hacia mi departamento. Reímos con fuerza y a veces Almendras lanza, sin motivo alguno, unos gritos como de niña. Al entrar al edificio les pido que se mantengan en silencio, pero ellas se ríen más aún. Mi departamento está hecho un asco pero a nadie le importa. Abrimos una botella y bebemos. También fumamos. Las amigas de Almendras quieren bailar y se los permito. Ponen un disco de electrónica y apagan las luces. Yo me mantengo sentado, con una botella de vino en la mano. Enciendo el televisor sólo para romper la oscuridad y miro a Almendras que se ha recostado en el sofá, con las manos entre las rodillas. Sus amigas no se cansan de bailar, la música sube como si fuera humo y yo comienzo a sudar como si también bailara aunque en ningún momento me muevo del sillón. Es entonces cuando cierro los ojos y decido dormir.

Despierto. Podríamos vivir siempre y todo seguiría igual. Ya es de día y  continúo sentado. Miro el reloj de la pared: las diez y media. Almendras no está en el sofá. Me levantó y voy a mi habitación. Sobre la cama duermen las amigas de Almendras, ni siquiera se quitaron las zapatillas. Escucho ruido en el baño y vuelvo al sillón, enciendo un cigarrillo y me siento a esperar. Cuarenta minutos después, Almendras y yo estamos en Lenga, paseando por la playa y pensando en comer empanadas de mariscos. Dejamos a sus amigas durmiendo y tomamos la primera micro que nos llevara al mar. El cielo está inusualmente despejado. Se oye como un ruido profundo que viene del horizonte, y el viento nos golpea de frente. Almendras camina lentamente sin abrir la boca. Yo cojo un palo y me apoyo en él como si fuera un bastón. Fumamos.

Veinte minutos más tarde seguimos sin decidirnos sobre lo de las empanadas. Estamos sentados sobre la arena. Continuamos fumando. Almendras dice que le duelen los ojos y mantiene la vista baja. Tomo el palo y comienzo a dibujar sobre la arena. Primero un árbol. Después un perro pequeño y a su lado un perro más grande. Almendras me mira con atención. Le pido que dibuje un gato. Coge el palo y esboza dos círculos superpuestos, uno más grande que el otro. Al pequeño le añade dos triángulos, y al grande una especie de cola. Dice que eso es un gato. Eso es un cerdo, le digo. Fíjate, fíjate, me dice. Eso hago, digo. Pero fíjate bien, insiste. Lo hago, concentro mi vista en la arena y esta vez consigo ver un gato  de espaldas a nosotros. Entonces comienzo a sentir sueño y lanzo un bostezo. Me recuesto en la arena y cierro los ojos. Le dijo a Almendras que yo podría desaparecer y todo seguiría igual, pero que, en cambio, si ella desapareciera, ese gato no existiría. Entreabro los ojos y veo el sol. Almendras se recuesta a mi lado y con el pie borra el gato que dibujó. No hay ningún gato, dice, no hay nada en la arena. Sonrío y vuelvo a cerrar los ojos. Nos dormimos en la arena durante horas.

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· Guía de Capítulos

· Ilustración: Acrílico sobre madera de lluís ràfols

· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl



Un Comentario »

  • Elena dijo:

    se va encaminando la historia, me gusta. Este capítulo resultó ciertamente más lento que los anteriores, pero supongo que es cosa de su ritmo.


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